Día 1 — La paz de los hijos de Dios
La paz de los hijos de Dios
«El conocimiento de que somos hijos muy queridos de Dios nos moverá poderosamente. Y como dote inseparable de este don preciosísimo, viene al alma el gaudium cum pace, la alegría y la paz» (Beato Álvaro).
La dedicación del Beato Álvaro del Portillo al cumplimiento de la misión que había recibido estaba radicada en un profundo sentido de la filiación divina, que le llevaba a buscar la identificación con Cristo en un abandono confiado a la voluntad del Padre.
«Tenía la alegría de quien vive en el Señor y con el Señor; la serenidad que ninguna fatiga puede ofuscar, que ningún sufrimiento suprime. Un sacerdote que sabía infundir en el alma, con la alegría del descubrimiento de la filiación divina, la decisión de una conversión» (Mons. Javier Echevarría).
Petición
Concédeme, Señor, por intercesión del Beato Álvaro, la gracia de comprender cada vez con más profundidad que todos los bautizados somos hijos queridísimos de Dios (cfr. Ef 5, 1), que somos amados personalmente por nuestro Padre Dios: un Padre que nos ve, que nos oye, que nos llama por nuestro nombre, que nos cuida y atiende (cfr. Mt 6, 25 ss.).
Haz que, siguiendo las enseñanzas de San Josemaría —como lo hizo el Beato Álvaro—, me convenza de que «Dios está junto a nosotros de continuo. Y está como un Padre amoroso —a cada uno de nosotros nos quiere más que todas las madres del mundo pueden querer a sus hijos—, ayudándonos, inspirándonos, bendiciendo… y perdonando» (Camino, n. 267).
Ayúdame a descansar en mi Padre Dios con total confianza, lleno de fe en la divina Providencia, de tal manera que, pase lo que pase, encuentre siempre en Él la serenidad, la paz y la alegría de los hijos de Dios.
Oración al Beato Álvaro
(Rezar la oración completa)